Esta Copa Mundial ha sido la más comentada hasta la fecha, aunque muchos de los debates no fueron los más acertados. Las redes sociales y la inteligencia artificial facilitan la propagación de teorías absurdas, ocultando lo que resulta evidente y, quizás, lo más importante,
FIFA: sumisión política y corrupción
Lo más relevante ha sido la grotesca sumisión de la FIFA, en la figura de su presidente Gianni Infantino, a los dictámenes de Estados Unidos y del presidente Trump. Otorgar el Premio FIFA de la Paz a un agresor internacional fue un acto trágico-cómico. Asimismo, aceptar sin reparos las limitaciones impuestas por el gobierno estadounidense —uno de los tres países anfitriones— a un equipo que competía legítimamente, como Irán, constituyó un escándalo de proporciones. Resulta absurdo e inmoral que la selección iraní no pudiera hospedarse en EE. UU., viéndose obligada a concentrar en México para luego viajar, jugar y retornar.
A esto se suma el caso de un árbitro africano, Omar Artan, designado por la FIFA, a quien se le denegó la entrada y debió regresar sin cumplir su labor profesional. De igual manera, varias selecciones latinoamericanas y africanas fueron tratadas con rudeza y lentitud por los agentes de inmigración estadounidenses (Senegal, Sud-Africa, Uruguay entre otras).
También es evidente que la FIFA ha introducido normas que reflejan una “norteamericanización” del fútbol. Es el caso de las pausas obligatorias de hidratación, que parecen más orientadas a la propaganda comercial que al cuidado de la salud de los futbolistas. La prolongada pausa intermedia para el espectáculo artístico en el partido final, si bien no es nueva, reproduce una costumbre del fútbol americano que altera el ritmo del partido y no le hace ningún favor al arte dado el contexto en que se lleva a cabo.
La influencia política llegó al extremo cuando Trump presionó directamente a la FIFA para que le levantaran la tarjeta roja al jugador estadounidense Folarin Balogun. La FIFA le dio la razón rápidamente; la Comisión de Disciplina examinó el caso en tiempo récord, como rara vez ocurre. Más allá de la procedencia técnica de la decisión, la presión política ejercida de forma tan manifiesta por el presidente del país anfitrión no tiene precedentes. Todo esto contribuyó a deteriorar aún más la imagen de la FIFA como una institución plagada de compromisos políticos y corrupción en sus más altas esferas.
Las teorías conspirativas en la red
Los acomodamientos políticos de la FIFA han facilitado las teorías conspirativas que florecen en internet. Muchos comentaristas, algunos políticos e incluso futbolistas de variada ideología se hicieron eco de ellas. Se afirmó, por ejemplo, que existía el propósito deliberado de lograr que Argentina ganara la copa. La expulsión del excelente jugador suizo Breel Embolo, en el partido contra Argentina, dio gran impulso a esas teorías.
Dicha expulsión, provocada por una segunda tarjeta amarilla, ocurrió tras la intervención del VAR. En las imágenes se apreciaba que el jugador argentino Leandro Paredes, originalmente sancionado, no había cometido la falta atribuida; de hecho, Paredes no entró en contacto con Embolo cuando este cayó al suelo. Al verificar el video, el árbitro interpretó que el jugador suizo simuló la caída y lo amonestó. Como ya tenía otra amarilla, fue expulsado. Aunque en casi todas las sanciones hay márgenes de disputa, sería necio asociar este hecho a una conspiración. Algunos sostienen que esta expulsión hizo posible el triunfo argentino, pero, aun si fuera cierto, esto no valida ninguna teoría conspirativa.
Por otro lado, algunos argentinos y simpatizantes del equipo consideran que la expulsión de Enzo Fernández en el partido final fue injusta y motivada por la necesidad de que España saliera triunfadora. Aun si hubiera una pizca de verdad en ello, la superioridad del juego español era tan evidente que la presencia de Fernández difícilmente habría alterado el resultado del partido.
Politización y simpatía deportiva
Llama la atención la politización de algunos comentaristas en contra de Argentina, haciendo hincapié en que el equipo no incluye personas afrodescendientes. No existe evidencia de políticas excluyentes por parte del seleccionado argentino. La escasez de población negra se debe a factores históricos: tras la libertad de vientres de 1813, muchos esclavistas prefirieron vender a sus esclavos hacia otros mercados, principalmente a Brasil, antes de perder su inversión. Los pocos que permanecieron se mezclaron con el resto de la población. De hecho, estudios genéticos indican que hasta un 10 % de la población argentina muestra algún grado de ancestría africana en su ADN. Debido a la reciente inmigración desde África occidental, es muy probable que en un futuro cercano veamos jugadores argentinos de origen africano. Además, el fútbol local contrata de forma habitual a profesionales afroamericanos de otros países de la región. Tampoco es un plantel ajeno a otras diversidades: el fútbol argentino ha tenido destacados jugadores de origen judío, como Juan Pablo Sorín, capitán en el Mundial de 2006, cuyo director técnico en esa oportunidad fue José Pekerman, también de origen judío.
Sin duda existen prejuicios raciales en Argentina, como los hay desgraciadamente en todo el mundo, a menudo acentuados en la policía y los órganos de justicia. No obstante, existe también una fuerte conciencia progresista en vastos sectores de la sociedad, y el racismo es un delito castigado por la ley. Aunque sabemos que esto no es suficiente, constituye un elemento positivo en la lucha social. En ningún caso hay pruebas de que el equipo nacional discrimine racialmente al decidir sus formaciones.
El alineamiento geopolítico de los gobiernos no debe confundirnos
Es sabido que el actual gobierno argentino mantiene una estrecha alineación con Estados Unidos e Israel. Dicha postura rompe con años de tradición diplomática argentina, la cual defendía una posición independiente y repudiaba la intervención extranjera en los asuntos internos de otras naciones, habiendo reconocido incluso los derechos del pueblo palestino y la existencia de su Estado.
Al igual que en EE. UU., en Argentina existe un amplio movimiento que se opone a las acciones bélicas de Israel en Gaza y a las expropiaciones, muertes y encarcelamientos en Cisjordania, enfatizando el derecho de los palestinos a sus derechos humanos, de propiedad y autodeterminación. Estos movimientos son liderados en muchos casos por personalidades de origen judío. Figuras políticas prominentes de esta comunidad mantienen posiciones progresistas, como el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, y la líder de izquierda Myriam Bregman, quienes, de acuerdo con encuestas recientes, gozan de las mejores imágenes públicas del espectro político del país.
Es comprensible que muchos palestinos y sectores de izquierda a nivel mundial hayan simpatizado con España, no solo por la calidad de su fútbol, sino también por las posiciones progresistas asumidas por su gobierno al denunciar enfáticamente la situación en Gaza. Sin embargo, eso no justifica responsabilizar a los jugadores argentinos por las decisiones del gobierno reaccionario que preside su país. Curiosamente, la mayoría de los niños palestinos parecen apoyar al equipo español, pero muchos de ellos visten con orgullo camisetas argentinas con el nombre de Messi.
Resulta sorprendente que este tema no sea analizado con la debida profundidad por líderes progresistas internacionales, como Zohran Mamdani —Mayor de Nueva York— o Yanis Varoufakis, ex ministro de Finanzas de Grecia. Les asiste el derecho de simpatizar con el equipo español, por supuesto. Sin embargo, los argumentos utilizados contra la selección argentina parecen sesgados, al atribuir al equipo las repudiables posiciones de su gobierno. Estas opiniones no le hacen justicia a la rigurosidad intelectual que ambos demuestran al analizar otros tópicos. El apoyo a un equipo deportivo no puede ni debe basarse en las políticas públicas de su gobierno de turno.
Conclusión
Para concluir, los gobiernos y las políticas son transitorios y cambian con el tiempo; los países, su cultura y sus pueblos permanecen. Además, las sociedades no son políticamente monolíticas. El fútbol debe seguir siendo un punto de encuentro y pasión popular, libre de las manipulaciones e intereses de los poderosos de turno.