Después de esta guerra!

No sabemos cuándo ni cómo terminará esta guerra. Sin embargo, ya se insinúan varios resultados.

Primero, los países deberán pensarlo dos veces antes de asumir que las negociaciones con Estados Unidos pueden resolver sus diferencias. Estados Unidos e Israel iniciaron el ataque mientras las negociaciones aún estaban en curso. O sea fue un ataque no provocado, lo que coloca a ambos como agresores. Una potencia en declive intenta recurrir cada vez más al uso de la fuerza e incluso al asesinato como herramientas para proyectar poder y resolver conflictos.

Segundo, Estados Unidos ha perdido credibilidad en cuanto al cumplimiento de acuerdos previos. Bajo la administración de Trump, Estados Unidos se retiró de varios acuerdos internacionales: en particular con Irán, con Cuba y con diversas organizaciones internacionales. Un país que carece de continuidad en sus compromisos, que presiona tanto a competidores como a aliados y que recurre con rapidez al uso de la fuerza militar corre el riesgo de ser visto como poco confiable. Esta percepción va más allá de cualquier administración en particular. En acuerdos de largo plazo, la comunidad internacional no puede depender de los ciclos políticos internos.

Tercero, detrás del declive del poder relativo de Estados Unidos,  existen desafíos internos que se han agravado en los últimos años. El aumento de la desigualdad en los ingresos ha afectado a amplios sectores de la población. El acceso a la salud, la educación y la vivienda se está volviendo cada vez más difícil para las generaciones jóvenes. También existen debilidades institucionales, de carácter estructural, pero más visibles en los últimos años. Por ejemplo, el gobierno tiene dificultades para aprobar un presupuesto a tiempo; con frecuencia se solicitan gastos adicionales al Congreso para adaptarse a cambios de política en un contexto de grandes déficits; las repetidas crisis en la fijación de límites para la deuda pública han provocado suspensión de actividades gubernamentales; existen preocupaciones sobre el hecho de que el poder ejecutivo ignore fallos judiciales; y continúan prácticas de control migratorio violentas y controvertidas. Varias muertes han resultado de dichas prácticas. La deuda pública ha alcanzado niveles que muchos consideran cada vez más insostenibles. La lista continúa.

Cuarto, Estados Unidos ya no posee el sector industrial más grande ni es la principal potencia comercial del mundo. En ambos aspectos, China lo ha superado. Aunque Estados Unidos mantiene cierta ventaja en el desarrollo tecnológico, la brecha sigue reduciéndose y en algunas áreas China ya lo ha superado. Medida en términos de paridad de poder adquisitivo, la economía de China es mayor que la de Estados Unidos. A menudo se considera que China es más consistente en el respeto de los acuerdos internacionales y mantiene relativamente pocas bases militares en el extranjero. En contraste, Estados Unidos opera cientos de ellas, algunas en contra de la voluntad de los países anfitriones. Un poderoso aparato militar, sostenido en parte por deuda externa, y el uso generalizado del dólar como moneda de reserva —aunque en declive gradual— siguen siendo pilares centrales del poder estadounidense.

Quinto, la presencia de bases militares estadounidenses en los países del Golfo los ha convertido en objetivos de ataque en el conflicto actual con Irán. Si bien estas bases están destinadas a proporcionar seguridad —y a menudo son financiadas por los países anfitriones—, simplemente han incrementado la exposición de esos países a los ataques. No sería sorprendente que los Estados del Golfo reevalúen el valor de albergar tales bases, aunque es probable que Estados Unidos se oponga a cualquier cambio significativo.

Sexto, la situación en Medio Oriente probablemente evolucionará después de la guerra. Irán quedará debilitado en el corto plazo. Sin embargo, a menos que ocurra una transformación política importante en su interior, es probable que se concentre en reconstruir sus capacidades militares y, potencialmente, en buscar armas nucleares como elemento de disuasión frente a futuros ataques. Históricamente, los países sin capacidad nuclear —o aquellos que la abandonaron, como Libia— han sido vulnerables, mientras que los Estados con armas nucleares, como Corea del Norte, han evitado ataques directos. Israel, que también es una potencia nuclear, podría enfrentar un aislamiento creciente. Está reocupando parte del Líbano, lo que podría crear una nueva y duradera fuente de conflicto.

Séptimo, en parte debido al rechazo a su sistema político interno, represivo, Irán suele ser responsabilizado por una amplia gama de problemas globales. Esta imagen puede ser exagerada y estar moldeada por narrativas políticas. Hay poca evidencia que sugiera que Irán actuaría de manera irracional —por ejemplo, lanzando un ataque nuclear contra Israel— incluso si llegara a adquirir tal capacidad, lo cual no sería deseable. Se presta mucha atención a los llamados “proxies iraníes” en Medio Oriente, como Hezbollah. Sin embargo, Hezbollah es también una organización política que surgió en respuesta a la ocupación israelí del sur del Líbano (1982–2000), durante la cual murieron miles de libaneses. Es un grupo de base chiita con representación en el parlamento, además de contar con un ala militar. Aunque recibe apoyo de Irán, opera con sus propios intereses y dinámicas internas. Una situación similar ocurre con Hamas, que recibe apoyo de Irán y Qatar, pero mantiene su propia agenda independiente. Hamas es una organización sunita, no laica.

Octavo, Irán es frecuentemente acusado de apoyar el terrorismo. Sin embargo, la definición y aplicación de este término suelen ser objeto de debate. En las últimas dos o tres décadas no existen pruebas concluyentes que vinculen directamente a Irán con grandes atentados terroristas internacionales. Por ejemplo, los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en África Oriental en la década de 1990 (en Dar es Salaam, Tanzania, y Nairobi, Kenia) fueron llevados a cabo por Al-Qaeda, un grupo extremista sunita opuesto a Irán y que inicialmente recibió financiamiento de Estados Unidos. Los ataques contra la embajada de Israel y un centro judío en Buenos Aires, Argentina, durante la misma década fueron ampliamente atribuidos a Irán, aunque las pruebas siguen siendo objeto de controversia. Algunas investigaciones han planteado dudas sobre la participación directa de Irán. Cabe destacar que Irán ha mantenido durante mucho tiempo relaciones diplomáticas y comerciales con Argentina.