Argentina perdió la final. Con toda justicia ganó el mejor equipo: España. Un grupo de españoles, muchos de ellos muy jóvenes, superó a quien fue su hijo futbolístico dilecto: Leo Messi. Los argentinos tenemos mucho de qué estar orgullosos, pero también motivos para lamentarnos. Para el nuevo ciclo de la selección, el paso del tiempo impone cambios fundamentales.
Argentina llegó cansada a la final. Parecía no tener otro plan que esperar el momento oportuno para avanzar y encontrar el gol, que estuvo muy cerca de llegar. A veces eso funciona, pero no se puede depender de una jugada providencial. El fútbol no se basa en los knockouts. Argentina necesitará un equipo más joven y más colectivo; tiene material para lograrlo. La salida de Messi será extrañada, sin dudas, y el fútbol mundial también lo extrañará. Pero su ausencia abrirá nuevas oportunidades para fortalecer el juego colectivo. El equipo español es, en ese sentido, un buen ejemplo: el juego en equipo brilla más allá de las grandes figuras.
El nuevo equipo deberá encontrar buenos laterales. En esa posición hemos fallado bastante. Tenemos buenos delanteros con proyección y otros que todavía pueden aportar durante algunos años más.
Debemos ser autocríticos en un aspecto muy importante: no podemos recurrir a la chicana, a las faltas provocadoras y, mucho menos, a las peleas después del partido para descargar las frustraciones. Los jugadores son profesionales muy bien remunerados y deben manejarse, todos ellos, con la seriedad que exige su profesión. En ese sentido, algunos jugadores argentinos no dejaron una buena imagen.
Messi sí nos deja el mejor ejemplo: su dedicación y su conducta. Eso debe imitarse. Es un legado para el fútbol, no solo para Argentina. Messi pertenece ya al universo futbolístico.
Agrego algunas reflexiones como contexto de este Mundial. El Cuti Romero no le dio la mano a Trump. No sé si fue deliberado, pero, de todos modos, el gesto refleja un sentimiento colectivo frente a un agresor.
Las regulaciones y los espectáculos impuestos por la FIFA para fomentar el negocio no le hacen bien al fútbol como deporte. Además, comprometen aún más la ya desgastada imagen del organismo por las persistentes denuncias y rumores de corrupción. La cercanía política de la FIFA con el presidente de Estados Unidos llegó, a mi juicio, a niveles pornográficos. El supuesto Premio Nobel de la Paz de la FIFA creado para homenajear a Donald Trump resulta, sencillamente, trágicamente risible.
Del mismo modo, la forma en que Estados Unidos trató al equipo de Irán o al árbitro africano a quien se le negó la visa no debió ser tolerada por la FIFA. Los equipos y los profesionales del fútbol no son responsables de las políticas públicas de los Estados.
El espectáculo de medio tiempo solo interrumpió el desarrollo natural del partido. No debería existir, al menos durante el entretiempo de una final. La pausa de hidratación también debería reevaluarse.
En fin, ¡ahora a mirar la Copa América de 2028!